Quiero empezar contándoles lo que me dijo una mujer sencilla de Pachacutec (en donde estoy en misión) cuando conversamos sobre lo que estaba sucediendo en Haití, pocos días después del terremoto. “Mire hermana, cuando veo en las noticias cómo vivía la gente de Haití aún antes de este terremoto, pienso que es como si a una se le muere una vecina por hambre…y cuando la gente se entera de lo que le pasó, preguntan: ¿dónde estaban los vecinos para permitir que algo así pasara?. Bueno, pues usted y yo y todas las personas somos esos vecinos”
Estas palabras las recordé una y otra vez cuando recorrí por primera vez las calles de Puerto Príncipe.
Escombros y hierros retorcidos por donde mirara, restos de muebles mezclados con pedazos de ropa, papeles, utensilios, fotos y partes de un carro de juguete colgando desde lo poco que quedo de un edificio de cuatro pisos.
Un anciano sentado con la mirada perdida sobre los escombros de lo que fue una escuela, donde están sepultadas decenas de personas, seguramente entre ellas, un ser muy querido para él.
Dos hombres se bañan desnudos en la calle, aprovechando un poco de agua que pudieron encontrar.
Niños y niñas en cuanto ven los carros se abalanzan a pedirnos agua y comida. A pesar de que no podemos darles nada en ese momento, nos despiden agitando sus manos y sonríen.
Pasan largas caravanas de carros de diferentes organizaciones internacionales y los cascos azules intentan controlar una larga fila de personas esperando por horas para tener un paquete de alimentos para la familia.
Una mujer nos sonríe al paso, cargando sobre la cabeza con un equilibrio increíble, una gran fuente de algo que quiere vender.
Un grupo de mujeres lava su ropa en una toma común de agua que una ONG ha dispuesto para la gente del barrio.
Un grupo de niñas juega junto a un muro a punto de caerse, en algo que pretende ser un campamento pero que en realidad es un amontonamiento de gente en pequeñas e improvisadas carpas hechas de plástico, pedazos de ropa, sábana y cartón.
Nosotras y nosotros, un grupo de voluntarios y voluntarias de diferentes edades y profesiones, agrupadas por la organización Iniciativa Comunitaria, de Puerto Rico, nos abrimos paso entre los tumultos de gente y con lágrimas inevitables contemplamos con el corazón encogido y aterrizamos en la cruda realidad del pueblo Haitiano, carcomido por la enfermedad crónica de la injusticia social y la extrema pobreza, agravadas por el terremoto que le arrancó la vida a más de 300.000 personas.
Hay organizaciones que hacen lo posible por llevar ayuda a los lugares más necesitados pero también hay burocracia y abuso que impiden que las donaciones lleguen rápidamente a la gente.
Estuvimos en lugares en donde hay hambre y sed. Duele ver a los niños y niñas en estados extremos de desnutrición, invadidos por infecciones y enfermedades prevenibles, sin las vacunas necesarias, sin recibir lactancia porque la madre ya no produce leche por no poder comer debidamente, sin la medicación necesaria ni las mínimas condiciones higiénicas. Duele el grado de analfabetismo de su población.
Haití significa tierra de montañas. Es un país bello con una historia difícil. La conquista, la colonización, la esclavitud, las dictaduras y los desastres naturales parecen dejar su huella imborrable en el desarrollo.
Es difícil entender cómo en nuestro propio continente podemos convivir tan de cerca con realidades tan extremas y seguir durmiendo en paz.
Es difícil aceptar que los niños y las niñas Haitianas tengan que crecer en medio de la lucha diaria por arrancarle a la vida lo mínimo necesario para subsistir.
Mientras recorríamos durante estas 5 semanas, diferentes comunidades dentro y fuera de Puerto Príncipe, llevando atención médica y mucho amor, pude encontrar rayos de luz que se filtran entre la oscuridad de esta tragedia.
Pude ver bellos gestos de solidaridad entre las personas afectadas. Una vecina que recogió entre los escombros a un bebé de 21 días que quedó huérfano. A pesar de tener otros 3 hijos, ella lo acogió como un regalo de Dios.
Un niño de 12 años que asumió con inmensa valentía su orfandad y la responsabilidad (al menos transitoria) por sus otros hermanitos.
Una abuela, quien quedo con 9 nietos huérfanos tiene una sonrisa en su cara y dice estar muy agradecida con Dios por estar viva y por tener a los niños.
Alguien escribió en un muro de una casa semidestruida: “A pesar de todo, yo creo en Dios”.
Una comunidad que perdió a gran parte de sus niños y niñas quienes quedaron sepultados en la escuela y aún permanecen allí, nos recibió y nos despidió cantando y dando gracias a Dios.
Muchas personas, hombres y mujeres haitianas, dispuestas a donar su tiempo y sus habilidades para colaborar con las organizaciones de ayuda humanitaria que están apoyando su país.
El invaluable trabajo de la Compañía de Jesús – Jesuitas - presentes en República Dominicana y en Haití desde hace años, quienes han tomado la iniciativa de apoyar en la coordinación de la ayuda humanitaria y la creación de la llamada Red de ayuda a Haití.
Cientos de voluntarios y voluntarias de muchas organizaciones, ONG, diferentes Iglesias, trabajando incansablemente.
El grupo con el que trabajé: Iniciativa Comunitaria. Bello grupo inspirado y coordinado por el Dr. José Vargas-Vidot, gente comprometida con la vida, con el amor a la humanidad, con la lucha por un mundo más justo, más solidario y en paz.
Aunque siento profunda tristeza por haber tenido que salir de Haití, me quedan, de toda esta experiencia: la satisfacción grande por haber estado allí y haber aportado desde mi ser Hermana Misionera Médica, el compromiso de intentar que otros y otras conozcan más la realidad de estos hermanos y hermanas, el deseo de seguir apoyando proyectos concretos de organizaciones confiables y el tesoro de las muchas personas a las que me pude acercar, con las que pude compartir la misión, a quienes pude entregar mi tiempo, mis dones, mi cariño, compartir un abrazo, una oración, una palabra.