Hoy me encuentro aquí en un lugar que se
asemeja, a lo que todos soñamos como el Paraíso, es un lugar hermoso; con
grandes montañas, todo verde, los cantos de los pájaros, no dejan de escucharse
durante todo el día, el paisaje es más de lo que nuestra mirada puede imaginar,
cada espacio y lugar está hecho con amor y detalles, no me extrañaría que la
persona que diseñó este lugar, fue una mujer y si fue un hombre es porque Dios
lo bendijo con entrañas de mujer. El lugar se llama Nazaret… realmente es un
lugar de Dios, él vive y se pasea aquí tan suave como el viento, tan tierno
como la neblina que cubre por las tardes el paisaje. Aquí he estado 8 días de
Ejercicios espirituales. Una experiencia que agradezco tanto como la VIDA.
No puede uno hablar de experiencia
pascual, sin antes hablar de la muerte… En estos días aquí me ha perseguido la
muerte… Mmmm seguramente dirás sape´gato, caca, nada que ver con la muerte…
Pues sí, nosotros pensamos que la muerte es sólo aquello que nos quita la VIDA
física y nos saca de este mundo. Pues déjenme decirles que no es así, que esta
va más allá de eso. Antes de explicarles a lo que me refiero, quisiera
decirles, que toda muerte nos lleva a un profundo dolor… Lo importante es saber
que JESÜS venció la muerte y venció el dolor, demostrándonos que esta no tiene
la última palabra, pero si es necesaria, para renacer a una nueva vida, una
nueva humanidad.
Hay muertes de ciclos de vida, aquellas,
que tenemos que cerrar, para que el dolor no nos siga quitando la libertad y la
posibilidad de seguir viviendo. Hay muchas personas que van por la vida con
ciclos abiertos, con puertas no cerradas, con capítulos en la vida no
finalizados… es necesario morir a esos ciclos que nos estancan, que nos
mantienen en un sufrimiento constante, condenados a quedarnos mirando la puerta
que se cerró, no dándonos cuenta, que muchas otras se abrieron.
Las doloras muertes provocadas; las
personas que son padres normalmente experimentan este tipo de muerte, cuando sus
hijos crecen y se van de la casa… Cuesta reconocer que han crecido, que tienen
su propia vida, que no se les puede seguir atando, que hay que dejarlos volar,
buscar su propio horizonte, crear sus propios proyectos, su propia vida…
Entonces se vive en el dolor de la separación, de sentir que algo se perdió…
Pero ¿Qué perdí? ¿A la persona o mi poder sobre él? Puede que esto también nos
pase en la Vida religiosa, cuando hacemos MÏO; la gente, la misión, a Dios, las
cosas, a las personas.
También hay muerte, cuando vivo por vivir,
cuando no se hacia donde ir, ni qué hacer, cuando no tengo razones que me
alimenten el alma, cuando no creo en nada ni en nadie, cuando la alegría hace
rato que no me visita, cuando no hay amigos con quien compartir un café, un
helado, una cerveza bien fría o una buena película. Cuando un día es igual a
otro, cuando las cosas pasan por mí y no me doy cuenta. Es la muerte diaria, de
la rutina, la muerte de todos los días cuando cae el sol y le tengo miedo a la
noche, porque ella me lleva a mi propia oscuridad.
Es la muerte, del que arrastra la vida,
sus frustraciones, sus miedos, sus inseguridades, su pasado. Que vive
sintiéndose el pobrecito, la pobrecita, que todo se lo deja al destino, que cree
que lo que vive es fruto de “brujerías” o de mala suerte. La muerte del que
vive en su conuco, no piensa en nadie más que en él, cree que todo debe girar
en torno a su persona, porque la vida le debe algo. Allí se sienta a esperar,
pero no hace nada para salir del sepulcro donde se ha instalado.
Es la muerte de aquellos, que han
aniquilado la creatividad, que no tienen ideas ni pensamientos propios, menos
personalidad, los que no saben hacer nada sino se les indica como hacerlo. Los
que se dejan llevar por la pereza y no hacen nada por la patria, no viven ni
dejan vivir. Los que viven quejándose, que sacan cada día una enfermedad nueva
de la cual quejarse y tener razones para ver a un medico.
La muerte provocada por el pecado, aquella
que nos hace prisioneros de nuestros propios deseos y pasiones, la que busca
siempre nuestro bienestar por encima del bienestar de los demás. Es la que nos
acomoda, nos instala, nos desordena, nos centra en nuestro propio YO y nos
aleja del nosotros. La que nos hace señalar al otro o a la otra con el dedo
acusador y condenador, la que establece nuestros propios criterios para juzgar y
decidir lo que está bueno o lo que está malo.
Es la muerte también, aquella que nos
paraliza, que no nos permite apreciar lo hermoso de la creación, la que nos
hace pasivos, desabridos, con poco brillo en el alma. La que no nos deja tener
nuestra propia luz, mucho menos buscarla hasta encontrarla. Es la que nos aleja
de toda posibilidad de contemplar el AMOR, que habita en un mundo que pareciera
que es imposible detectarlo.
Es la muerte, de quien castra su vocación
o la vocación de otros, que por miedo no se arriesga a seguir a Jesús, o las
que con su testimonio de vida, hacen que los que quieran seguir a Jesús salgan
corriendo y no precisamente para seguirle.
Es la muerte, en las calles de mi barrio y
de tantos barrios, no sólo del que cae victima de la violencia, sino de la de
aquel que se acostumbra a vivir mal, de la que se acostumbra a los golpes, del
que se resigna a la pobreza, del que no sale a buscar trabajo, sino que espera
a que otros tengan compasión de él, del que muere sólo porque no tiene nadie
que lo visite, ni lo cuide. Del que ha buscado en la droga, en el alcohol y
prostitución razones para vivir y para salir de sus problemas. Del que no tiene
como comprar sus medicinas, del que le han desahuciado con alguna enfermedad
dolorosa y no llega aceptarla. La de los niñas, niñas, mujeres que son violados
y a quienes se les arrebata su dignidad y sus sueños. La muerte del que no sabe
hacer ora cosa que robar, agarrarse lo que no es suyo, la de aquel que se goza
oprimiendo a los más débiles. La de los que están en las cárceles sin
posibilidad alguna de salir. La de los que son condenados injustamente, por el
simple hecho de estar en la hora y en el sitio equivocado. La de los que están
en los psiquiátricos, victimas de enfermedades mentales y a la merced de
quienes no se atreven a mostrarle ni un poco de misericordia. La de las
personas especiales con alguna discapacidad, a quienes se les ha negado la
posibilidad de desarrollar otras habilidades y ser productivos.
La de los que se encuentran en la calle,
sin techo, ni hogar, ni nadie que les de un abrazo. La de los resentidos
sociales que a fuerza y con armas, destruyen hogares, arrancan vidas y se creen
con derecho a todo. La de las mujeres abandonadas o maltratadas, victimas de
sus maridos, quienes abusan de ella, mujeres que se convierten en propiedades y
dejan de ser personas. La de los que se creen justos y mejores que los demás,
van a la iglesia todos los días y viven rezando, pero son incapaces de
descubrir al Dios que le pide de comer, que está enfermo, que pasa hambre, que
anhela una palabra de aliento. La de tantos y tantas que están en los
hospitales, esperando por una cama, por una operación, por una medicina, por
una palabra que le devuelva la esperanza, por una buena noticia, por alguien
que le visite. La de los que son preso del odio, la rabia, el rencor, la
envidia, el desamor…
Es la muerte de tantos inocentes que caen
en las guerras de poderes, pero también la de aquellos, que sin piedad empuñan
sus armas, arrancando vidas humanas. Las de aquellos que ordenan matanzas y se
regocijan en su osadía. Las de los que en nombre de dios y de sus religiones
van oprimiendo, matando, imponiéndose, ajusticiando. Es la muerte de los que
huyen sin razón algunas, que son perseguidos, desplazados, sacados de sus
tierras, a quienesse les obliga a ser
refugiados permanentes en un lugar desconocidos para ellos. Es la muerte de
nuestro planeta, que lentamente va siendo aniquilada por nuestra inconsciencia,
por nuestro irrespeto y falta de amor, porque la hemos usado a nuestra
conveniencia, la hemos explotado y no hemos sido consciente de su destrucción.
Claro que también está la muerte de un ser
querido y ese ser querido puede ser un amigo, un familiar, un compañero/a,
alguien cercano, un vecino, hasta una mascota que hayamos tenido. Alguien que
se nos fue, sin haber tenido la oportunidad de haberle expresado cuanto lo
queríamos o haberle regalado las flores, que ahora muerto le traemos. Quien no nos
dio tiempo para despedirnos, para decirle cuanto sentiremos su ausencia.
Ese ser querido también puede ser mi YO
instalado en mí, al que he llegado a amar mucho, pero que no me deja ser feliz
ni libre, al cual tengo que dejar morir para darle paso a una VIDA NUEVA…
Ciertamente son muchas las muertes y los dolores que ella produce…
Durante este tiempo en los Ejercicios, he
podido descubrir, la importancia y necesidad de salir del sepulcro, de SALIR A
LA VIDA, a una NUEVA VIDA… llegué aquí sintiendo que algo en mí había muerto,
que cargaba en mí muchas muertes sin darle sepultura y me encontré con un DIOS,
que ha renovado su amor y su alianza conmigo, que de nuevo me ha mostrado que el camino es VIVIR, vivir con
conciencia, vivir siendo contemplativa/o en la oración, en la acción y en la
vida toda, vivir como Jesús, que se gozó cada momento, que hizo amigos, que
celebró con ellos hasta su último día. Que tuvo claridad y razones para vivir.
Vivir PONIÉNDOME AL SERVICIO, AMANDO y
dejarme AMAR, doliéndome por el otro, solidarizándome con el que sufre, con el
pobre, con el que llora… TRANSMITIR VIDA con mi propia vida, llevar esperanza,
consuelo, paz, alegría… Ser portadora de la justicia, de la libertad. Buscar y
encontrar a Dios en la cotidianidad de la vida… Es tener la plena conciencia
que cuando en todo amamos y servimos, encontraremos la gracia, de sentirnos
hijos y hermanos, provenientes de un mismo padre, una misma madre. VIVIR estando
consciente que Dios habita en mí, en mis hermanos/as, en toda la vida creada, por
eso puedo ver al mundo con ojos nuevos.
Vivir, experimentando mi vulnerabilidad, mi
pequeñez y desde allí descubrir la gracia que me acerca a Dios de una manera
especial, vivir sabiendo lo que significa el PERDÖN, porque lo he
experimentado, porque me he sentido perdonada y he podido perdonar a otros. Es
esperar pacientemente el momento de Dios, el que él tiene guardado para mí. Es
abrazar los dolores y sufrimientos de tantos y de tantas, ayudándoles a
transfórmalo en esperanza y en nueva vida. Es poder encarnarme donde nadie me
espera, pero todos me necesitan.
VIVIR, sintiéndome llamada por Dios, y
aceptando ese llamado, con la fe puesta en él, con la actitud de María “Hágase
en mi tu voluntad”, es cargar con mi cruz y ayudar a cargar las cruces de mis
hermanos/as. Es darlo TODO y lo mejor, sabiendo que Dios no quiere la
mediocridad, ni las tibieces, ser capaz como la María del evangelio, de
derramar mi mejor perfume por el REINO, o la de la abuelita, que entregó su
única monedita, la que tenía para vivir. Es tener la gracia de Conocer a Dios
tanto que sea capaz de reconocer su voz y sus pensamientos. Es dar FRUTOS, ser
fértil, producir, porque en la medida que produzco crezco y tengo derecho a
pertenecer al árbol de la vida. Es dejar los protagonismos, ser levadura, que
se mezcla en la harina produciendo un rico pan, todos saben que ella forma
parte del pan, pero nadie la ve. Porqué el centro no es ella sino el pan.
En otras palabras Jesús me llama a VIVIR, a
salir de la muerte, vencer la cruz, que en definitiva es Resucitar… ES SER
PORTADORA DE ESTA BUENA NOTICIA… Si Jesús Murió por mí, para salvarme, entonces
¿Por qué tengo que seguir yo anclado en mi dolor? Resucitó también por mí, para
DEVOLVERME LA VIDA, entonces ¿Por qué he de andar triste? Hay tantas razones para
celebrar, para agradecer… Toda esta experiencia me ha sido revelada por la
gracia, pues yo aun sin merecerla Dios, ha querido mostrármela estos días. Bienvenida
sea la muerte si ha sido para darme una nueva vida.
Bienvenido sea el dolor, si me ha servido
para comprender el dolor de otros y hacerme más humana. Bienvenido sea el
pecado, si me ha acercado más a Dios y me ha hecho experimentar su abrazo de
Padre. Se que no me alcanzarían las palabras para agradecer a Dios tanta
gracia vivida, ni me bastaría un cuaderno para escribir toda esta hermosa
experiencia, me queda la seguridad que si he VIVIDO estos días a intensidad, a
profundidad. Que he sido invitada a muchas cosas pero primordialmente, he sido
invitada a ordenar mi vida y a volver mi mirada al padre. Que desde allí me
comprometa a practicar la justicia, amar con ternura y caminar humildemente con
mi Dios.
Hoy me voy fuerte, alegre, en paz, serena,
retada. Pero por sobre todo, me voy comprometida en primer lugar conmigo misma.
Me comprometo a que esta experiencia no sea una más en mi vida, sino sea la
experiencia que me devuelva a mis raíces. Se que este tesoro lo llevo en vaso
de barro, pues sigo llevando conmigo mi fragilidad, mi debilidad, ellas son mi
compañeras de camino. Pero me consuela la certeza que Dios va conmigo, que su
amor y su gracia me protegen y eso basta.
MI CONSIGNA.
VIVIR PARA QUE OTROS VIVAN…
Siendo testigo del Resucitado… Signo de Esperanza y de comunión
Nota: Agradezco mucho y de manera
especial, a la Hna. Enacela, Hija de Jesús, quien facilitó estos ejercicios.
Una mujer de Dios realmente. También agradezco a mi acompañante. La Hna
Adriana, las conversas, los aportes y la compañía me ayudaron mucho. Por su
puesto agradezco al grupo, mis compañeros y compañeras religiosos que con su
presencia, cercana, silenciosa y algunas veces sonrisas robadas, me mostraron
diferentes rostros de Dios en esta experiencia. (P. Antonio, P. Marlon, P.
Edgar, Hna, Damelis, Hna. Zulmary, Hna. Igmary, Hha. Marivel. Hna. Ivette, Hna.
Dilia, Hna. Diana, Hna. LuzMarina, Hna. Fanny, Hna. Elena.) Dios les bendiga.
Hna. Maigualida Riera, MMS… Casa Nazaret El Harillo, 10 de Mayo de 2011